¿Sabes, recientemente me topé con una historia que demuestra perfectamente por qué la intuición a menudo nos engaña en cuestiones de probabilidad. Se trata de Marilyn vos Savant y su famosa respuesta al problema de Monty Hall.



Todo comenzó en 1990, cuando Marilyn vos Savant, conocida por su intelecto excepcional (su coeficiente intelectual se estimaba en 228), publicó en su columna para Parade Magazine la solución a un paradoja clásica. A un participante del juego se le ofrece elegir una de tres puertas: detrás de una hay un coche, detrás de las otras dos, cabras. Después de la elección, el presentador abre una puerta con una cabra. La pregunta: ¿vale la pena cambiar la elección inicial?

Marilyn vos Savant respondió simplemente: sí, hay que cambiar. Y ahí empezó todo. La redacción recibió más de 10,000 cartas, casi mil de ellas de personas con títulos de doctorado. El 90% insistía en que Marilyn vos Savant estaba equivocada. Parecía evidente que la probabilidad era la misma, pero eso era un error.

¿Y por qué ella tenía razón? Todo se debe a las matemáticas. Cuando eliges una puerta inicialmente, la probabilidad de que hayas elegido el coche es 1/3. La probabilidad de que el coche esté detrás de una de las dos puertas restantes es 2/3. Cuando el presentador abre una puerta con una cabra, no cambia esas probabilidades. Si cambias de elección, en realidad estás apostando por esas 2/3.

Luego, simulaciones por computadora del MIT y experimentos de MythBusters confirmaron la validez de Marilyn vos Savant. El paradoja se convirtió en un ejemplo clásico de cómo la lógica puede contradecir nuestra intuición.

La historia de Marilyn vos Savant en sí misma es interesante: de niña enfrentó desafíos serios, incluyendo la necesidad de abandonar la universidad para ayudar en el negocio familiar. Pero fue precisamente su capacidad de pensamiento analítico la que le permitió ver lo que miles de otros pasaron por alto.

Este caso muestra la enorme brecha entre la intuición y la lógica rigurosa. El problema de Monty Hall sigue siendo uno de los ejemplos más destacados de por qué hay que confiar en las matemáticas, incluso cuando van en contra de nuestra primera impresión.
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