La gente tiende a preocuparse por la desinformación solo cuando les afecta directamente—la indignación selectiva es la verdadera epidemia.



Un ejemplo perfecto: alguien notó un video fabricado que circulaba en las principales plataformas donde un impostor se hacía pasar por un presentador de noticias, haciendo afirmaciones falsas sobre figuras políticas e influencia extranjera. Cuando se reportó a la plataforma que lo alojaba, la respuesta fue glacial en el mejor de los casos. Las mismas plataformas se mueven a la velocidad del rayo en otros contenidos, pero las campañas de desinformación se dejan en espera durante semanas.

Esta aplicación selectiva revela una verdad incómoda. La mayoría de nosotros pasamos por alto narrativas falsas que no nos afectan personalmente. Desplazamos, compartimos sin verificar, construimos narrativas sobre bases frágiles. Por eso, las comunidades Web3 enfatizan la transparencia y la verificación descentralizada—las plataformas centralizadas han demostrado que no (o no) pueden resolver esto de manera consistente.

La pregunta no es si la desinformación existe. Es si exigimos mejores estándares en todos los ámbitos, no solo cuando amenaza a alguien que nos importa.
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